Colegio de Arquitectura

Pueblo despojado de suelo no conocerá nunca el desarrollo

Pueblo despojado de suelo no conocerá nunca el desarrollo

El problema es que hoy El Salvador tiene como mil puyas y cien mil desniveles, quinimil callos y algunas postemillas, cánceres, cáscaras, caspas, shuquedades, llagas, fracturas, tembladeras, tufos.

El Salvador será
 Roque Dalton.

Nuestro país, un territorio de casi veinte mil kilómetros cuadrados, toma su nombre de El Salvador del Mundo. Incluye departamentos nominados como La Libertad, La Unión, La Paz; sin embargo, por siglos y sin éxito, sus habitantes han anhelado que los valores a que aluden esos nombres se hagan tangibles.

Sin intención de hacer historia, escribo para ustedes en una tropical tarde de café, y reflexiono sobre el pueblo salvadoreño, sobreviviente a una guerra civil cuyas víctimas aún claman justicia, y cuyas causas, poco cuestionadas, se conservan intactas.

Son diversos los escritos serios que afirman que la principal causa de la guerra civil salvadoreña fue la imposibilidad de contar con suelo para cultivar, comer y vivir. El despojo a los campesinos de sus tierras, una estrategia sistemática y sostenida por siglos, rompió en erupción volcánica irremediable, como lo afirmó Ignacio Ellacuría, rector de la UCA y uno de sus sacerdotes jesuitas mártires.

La historia salvadoreña presenta errores socio-políticos sobrepuestos que han moldeado un territorio resquebrajado, de pedacitos. Eliminar y expropiar y el suelo comunitario y ejidal, apostar por una economía nacional sustentada frágilmente en los monocultivos, sobreexplotar la mano de obra campesina y obrera, son parte de esos errores.

El Salvador es muchos mundos paralelos cohabitando en un país chiquitito, de papel, expuesto a terremotos y a furias climáticas huracanadas, de frágiles dinámicas en lo social, económica y políticas partidarias.

Las víctimas de violación de Derechos Humanos.

Fijo la atención en lo que Roque Dalton llama shuquedades, es decir, porquería, inmundicia, mugre, y cuyo resultado se hace palpable en las víctimas por violación de Derechos Humanos. Hablo es esas familias que sobreviven en un ciclo sin fin de anti-solidaridades, de deshumanización social, de violencia multidimensional. Desde la experiencia de la Fundación Salvadoreña de Desarrollo y Vivienda Mínima, FUNDASAL, en El Salvador, cada una de las generaciones que integran una familia pobre ha sobrevivido a numerosas pérdidas:

  • Durante los años treinta y cincuenta, por la pérdida de tierras y viviendas, cuando se reprimió todo tipo de organización social campesina e indígena que luchara en contra de la expropiación y desalojo de tierras ejidales y comunitarias.
  • Durante los años sesenta y setenta, el campesino sin tierra migra a la ciudad y ocupa suelos desechados y marginales, busca oportunidades y los beneficios urbanos.
  • Durante el mismo período, las familias que consolidaron vivienda, hábitat y recursos en territorio hondureño fueron expropiados y recluidos en verdaderos campos de concentración (no se llamaban así, pero eso fueron), previo a su exilio.
  • Durante los años ochenta y noventa, fueron las familias más pobres la que salieron expulsadas de territorios inhabitables y de riesgo por el conflicto armado.  Y a esos territorios o a otros igualmente difíciles, la población repatriada debió regresar y construir de nuevo.
  • Durante las dos primeras décadas del nuevo milenio, la violencia social, especialmente en el área urbana, nuevamente las familias pobres son forzadas a desplazarse y volver a edificar su vivienda, yendo de asentamientos empobrecidos hacia otros similares, o sumándose a las caravanas de migrantes pese a la horrorosa, macabra aventura de cruzar fronteras. Otra vez, decididos a edificar nuevamente la casa.

Las familias pobres salvadoreñas cuentan su historia de vida a partir de la edificación y re-edificación de su vivienda. Una historia de éxodos y pérdidas, una sobre otra. Cuatro, cinco, seis veces.

Tan pobres no serán, si siguen dispuestos a levantar su hogar una y otra vez.

Tan pobres no serán, si reinventan cotidianamente la vida en condiciones extremadamente ingratas. Tan frágiles tampoco, si pudieron edificar y re-edificar su hábitat entero, varias veces. Y menos serán débiles, si en más de una oportunidad logran construir casa, vida, convivencia, lazos, pequeñas economías, apoyos comunitarios.

Faltaron apoyos, sobraron esfuerzos. Faltaron técnicas, sobreabundaron energías y solidaridades. Faltaron asesorías, falto respaldo a sus gigantescos esfuerzos. Faltó justicia reparadora.

La lectura de la historia coloca a arquitectos y arquitectas, a quien sea una persona con un título profesional, en la obligación de devolver todo el bien recibido. La lectura de los signos de los tiempos nos interpela, esa realidad debe dolernos lo suficiente para tomar la decisión de colocar llenos donde hay ausencias, para aceptar que hemos construido un territorio disfuncional, de mundos paralelos, fragmentados y, por tanto, inaceptables desde el punto de vista ético, cristiano, de Derechos Humanos.

Quienes han podido reinventar su territorio y su vida merecen que los profesionales de la arquitectura pongamos a su servicio cuanta capacidad se tenga, para re-encontrarnos en un mundo más abierto, más respetuoso de cada cultura, lengua y lugar. En cada sitio en donde un arquitecto pone el pie, hay siglos de experiencia, saberes previos y valores; su técnica debe estar al servicio de esa cultura específica y jamás para imponer técnicas desprovistas de arraigo.

La arquitectura debe tender puentes entre los territorios, unir las astillas y fragmentos de, apenas, veinte mil kilómetros cuadrados. Cualquier intervención debe ser de provecho colectivo, por tanto, una ciudad o un cantón que sirve solo a unos pocos, realmente no sirve para nadie. Si no es bueno a todos, lo consolidado no sirve.

Por supuesto, no podremos ni debemos hacerlo solos, pero nuestro aporte es relevante si lo hacemos desde la ciencia y la conciencia. Leer los signos de los tiempos implica asumir que nuestro trabajo es un aporte que amalgama, conecta, y acompaña.

La gestión conjunta por el hábitat y la vivienda y el abastecimiento sustentable de agua y alimentación son aglutinantes fuertes para que la justicia restaure a las familias pobres esa sociedad que Roque Dalton describe con llagas, callos y fracturas. La actitud de las personas que tenemos una profesión debe ser de tender puentes: escuchar con atención y aprender, para luego proponer y acompañar. En 2022, la arquitectura puede y debe contribuir significativamente a la creación de una cultura de Paz, Unión y Libertad, cercana al cumplimiento de los Derechos Humanos.